En Cuba estudié Dramaturgia en la Universidad de las Artes. Pero mi formación no ocurrió solamente dentro de un aula.
Escribí, di clases, trabajé con estudiantes, hice periodismo cultural y crítica, participé en proyectos creativos y pasé años intentando comprender por qué una historia funciona: qué desea una persona, qué la detiene, qué cambia una situación y qué hace que alguien quiera seguir mirando.
Quería construir algo mío.
Pensé y diseñé distintos proyectos con la intención de emprender. Algunos avanzaron más que otros. Pero las circunstancias, las limitaciones del contexto y la propia vida fueron haciendo que aquella idea se quedara cada vez más lejos.
Vine a hacer un posgrado de Marketing y Comunicación Digital en ESIC Valencia.
Y cuando empiezas de nuevo en otro país, no siempre trabajas primero en aquello para lo que te has preparado. Trabajas donde puedes, aprendes, te adaptas y sigues adelante. La hostelería fue parte de ese recorrido. Después llegaron distintos entornos empresariales, la atención al cliente, las ventas, el asesoramiento comercial y el marketing.
Trabajé para otros hasta que entendí qué quería construir para mí.
Mientras estudiaba Marketing y Comunicación Digital y aplicaba lo aprendido en empresas españolas, fui entendiendo mejor cómo se construye una propuesta de valor, cómo se posiciona una marca, cómo se estudian sus audiencias, cómo se diseña contenido para distintos objetivos y cómo una marca intenta encontrar un lugar diferencial frente a otras tantas.
El trabajo comercial añadió otra capa: me permitió observar esas estrategias cuando llegaban al contacto directo con las personas. Cómo preguntan, dudan, comparan, posponen, confían y finalmente deciden.
Pero también volvió una idea que había dejado atrás. Trabajaba, producía, aprendía y aportaba mis conocimientos a proyectos de otras personas; cada vez sentía con más fuerza que toda aquella experiencia también podía convertirse en algo que yo construyera desde cero.
Entonces empecé a experimentar conmigo mismo: con mis contenidos, mis redes, la escritura, el vídeo, herramientas digitales e inteligencia artificial. Probaba una idea, veía qué ocurría, cambiaba una estructura, volvía a editar y empezaba otra vez.
No siempre faltaba otra técnica de marketing.
Ahí reconocí algo que llevaba años conmigo. A veces faltaba estructura. Faltaba tensión. Faltaba ritmo. Faltaba comprender el deseo de quien estaba al otro lado. Faltaba saber qué revelar, cuándo hacerlo y qué tenía que ocurrir después.
Me enseñó a trabajar con acciones, deseos, conflictos, ritmo, tiempo, transformación y sentido.
Me enseñó a conectar una propuesta con un mercado, una audiencia, una necesidad y un lugar diferencial.
Me permitieron observar qué sucede cuando esa propuesta llega a una conversación real.
Me enseñó que conocer algo no basta si después no sabemos utilizarlo.
Me enseñaron a investigar, interpretar y encontrar una forma precisa de contar.
Me dio nuevas herramientas para convertir todo lo anterior en ejecución.
Leonardo Estrada Studio.
No como una ruptura con lo que había hecho antes, sino como el lugar donde todo lo anterior finalmente podía encontrarse.
Hoy utilizo esa combinación para trabajar sobre una pregunta que atraviesa prácticamente todo lo que hacemos en el Studio:
¿Qué está impidiendo que el valor que ya existe sea comprendido, sentido y elegido?
A veces la respuesta está en una historia. Otras, en la estructura de una web, una conversación comercial, una campaña, un vídeo o una formación que transmite conocimiento pero todavía no consigue convertirlo en aprendizaje aplicado.
Mi trabajo empieza encontrando ese punto.
Y construyendo lo que falta.